REVIEW – Little Nightmares III
Little Nightmares III sitúa al jugador en un universo que hace tiempo se instaló en las pesadillas infantiles para no marcharse nunca: una mezcla inquietante entre lo grotesco y...
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Little Nightmares III sitúa al jugador en un universo que hace tiempo se instaló en las pesadillas infantiles para no marcharse nunca: una mezcla inquietante entre lo grotesco y lo fantástico donde los niños no solo corren por sus vidas, sino que también confrontan los miedos que nunca quisieron ver. Esta tercera entrega, desarrollada por Supermassive Games y distribuida por Bandai Namco Entertainment, toma las señas de identidad de la saga —espacios desorbitados, proporciones absurdas, enemigos monstruosos, niños diminutos— y añade una capa de colaboración online, nuevos protagonistas y un mundo interconectado conocido como “The Spiral”. Desde su anuncio, el título prometía devolver la magia del primer juego y expandirla hacia nuevas formas de juego cooperativo, exploración y terror atmosférico.
La experiencia comienza con dos nuevos personajes: Low y Alone, dos jóvenes que se encuentran atrapados en The Spiral, una construcción onírica que defiende los restos de la infancia y la memoria. Cada uno porta un objeto icónico —Low un arco, Alone una llave inglesa— que no es solo un arma o herramienta, sino una extensión de su identidad, de su vulnerabilidad. El juego permite jugar en solitario o en co-op online, lo cual rompe la barrera que las entregas anteriores imponían al desafío de la conexión emocional: ahora la supervivencia se vuelve compartida. El diseño de niveles empuja esa dualidad: zonas como la fun-fair Carnevale, la fábrica de dulces corroída o la necropolis de arena son escenarios donde la luz y la sombra bailan una coreografía sin tregua, y donde cada truco de plataformas, cada cripta, cada puerta cerrada transmite tensión y maravilla.
El sistema de juego se apoya en mecánicas clásicas de plataformas y puzzles, pero introduce variaciones sutiles que refrescan la fórmula. Saltos precisos, sigilo exigente, persecuciones frenéticas y escenarios que cambian en el curso de la partida —paredes que se mueven, alturas que colapsan, trampas que activan memoria— crean un ritmo orgánico entre calma y sobresalto. La colaboración entre personajes no es meramente anecdótica: mientras uno distrae, el otro acciona, apunta, empuja, abre, cruza. Encontrar la simbiosis perfecta se convierte en parte del reto. A esto se suma un sistema de progresión narrativa que no impone pantallas de experiencia, sino fragmentos de historia, memorias rotas, ecos que flotan en pasillos oxidados; la recompensa no siempre es tangible, pero sentir que “has visto algo” ya pesa tanto como un logro.
Visualmente, esta entrega da un paso firme en sus aspiraciones. El entorno se siente más cohesionado: los colores apagados contrastan con detalles brillantes, las luces volumétricas y las texturas pulidas transmiten que The Spiral no es escenario: es protagonista. Las escenas de transición, los surtidos en pantallas de tensión, el ruido blanco al caer en agua sucia, el eco del viento en cámaras abandonadas… cada elemento contribuye a una atmósfera que presiona. La banda sonora acompaña con meticulosidad: cuerdas disonantes cuando avanzas, silencios incómodos antes del salto, golpes mecánicos cuando somos descubiertos; el audio se convierte en parte del nervio, no solo acompañamiento.
En cuanto a la accesibilidad y la dificultad, el título ha tomado decisiones interesantes. Aunque sigue siendo perfectamente capaz de asustar, no impone una dificultad extenuante para avanzar: los checkpoints están bien distribuidos, la IA aliada (cuando juegas solo) es competente, y el juego permite explorar sin sentir que cada error es castigo infranqueable. No obstante, hay momentos que pican: enemigos gigantescos, persecuciones de alta velocidad donde los reflejos importan, plataformas que requieren cálculo preciso. Aquellos que busquen disfrutar sin presión lo pueden hacer; quienes busquen el máximo reto pueden rebuscar los capítulos extra, los modos de tiempo, las rutas alternativas escondidas.
El componente online cooperativo es la gran novedad de esta entrega y funciona como bisagra entre lo nuevo y lo veterano. La implementación del Friend’s Pass permite que sólo uno de los jugadores tenga que poseer el juego para que su acompañante se una, lo que reduce la barrera de acceso y fomenta el multijugador casual. Sin embargo, algunos límites técnicos —como la ausencia de cross-play completo en el lanzamiento o la necesidad de conexión estable— marcan que el sistema aún no es perfecto, aunque la experiencia que ofrece ya tiene peso propio.
Para quienes ya conocen la serie, esta obra respeta lo que hizo especial a sus predecesores —esa sensación de ser pequeño en un mundo que te devora— y a la vez añade nueva dimensión en narrativa, mecánicas y conexión entre jugadores. No todo es perfecto: algunos puzzles se sienten predecibles, ciertas persecuciones podrían ser más impactantes, y el ritmo tiene altibajos hacia el tramo medio. Pero esas fisuras no empañan la ambición ni la ejecución: el balance entre exploración, tensión y estilo está conseguido.