Once Upon a Katamari y a seguir girando
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Once Upon a Katamari marca el esperado regreso de la saga Katamari Damacy, la primera entrega nueva para consolas en catorce años, con la promesa de conservar su esencia de diversión absurda mientras introduce novedades que podrían revitalizar el formato de “rodar un katamari”. El título plantea un argumento tan sencillo como encantador: el Rey de Todo el Cosmos hace un nuevo desastre, destruyendo la Tierra y las estrellas, y el príncipe debe rodar su bola adhesiva a través del tiempo —desde la era jurásica hasta Japón histórico— para reconstruir el firmamento y restaurar el orden cósmico. Esta premisa establece un tono ligero, juguetón, casi onírico, que se siente perfectamente en línea con el espíritu del original, pero con ganas de añadir frescura.
Desde el inicio el diseño de niveles capta la imagen tradicional de la serie: objetos absurdamente pequeños al principio —grapas, tornillos, vasos— que poco a poco van convirtiéndose en autos, árboles o incluso edificios enteros cuando el katamari crece. Sin embargo, esta entrega añade herramientas nuevas como el imán que atrae objetos cercanos, un cohete que impulsa la bola a mayor velocidad o el “Time Freeze” que congela ciertos elementos móviles, introduciendo así nuevas capas tácticas al sencillo concepto de “rodar y recoger”. Esta evolución permite que el jugador tenga más control y se enfrente a objetivos más variados: algunas fases exigen recoger tantos objetos en un tiempo limitado, otras explorar rutas alternativas para alcanzar tamaños descomunales o competir en modo versus con otros jugadores en línea. El ritmo no es frenético como un shooter, pero tampoco lento; se mantiene accesible para todo tipo de jugadores gracias a mecánicas intuitivas y controles claros.
La personalización se ha ampliado: además de poder rodar como el príncipe, se ofrecen 69 primos jugables, cada uno con aspecto totalmente personalizable —colores, rostros, trajes— lo que fomenta que el jugador se identifique y experimente con estilo propio. Adicionalmente existe el modo competitivo KatamariBall para hasta cuatro jugadores online, una novedad para la saga que introduce elementos de partidas rápidas, carreras de objetos y competición directa, lo que amplía notablemente la rejugabilidad del título. Esta inclusión del multiplayer supone un paso importante: aunque el corazón del juego sigue siendo la experiencia en solitario, la opción de jugar con amigos o desconocidos añade valor para quien quiera sesiones cortas y dinámicas.
Visualmente, el juego mantiene el estilo caricaturesco, estrafalario y encantador que caracteriza a la serie, pero con mejoras modernas: texturas más limpias, efectos de luz más definidos, sombras dinámicas y detalles de ambiente que refuerzan la identidad visual. Cada época visitada —sea la Edad de Hielo, la era Jurásica o el Japón feudal— tiene su propio colorido, ambientación sonora y objetos temáticos, lo que ayuda a que la experiencia se sienta variada. El entorno responde al tamaño del katamari de forma satisfactoria: a medida que la bola crece, las dimensiones del escenario cambian el sentido de escala, lo que siempre ha sido una de las grandes virtudes de la serie. En cuanto a sonido, la banda sonora combina nuevos artistas con temas clásicos, y los efectos sonoros conservan ese humor absurdo y encantador: el chasquido de objetos rodando, los “¡roll!” del príncipe, los gritos del Rey del Cosmos.
Aunque todo esto apunta a una promesa alta, algunos retos podrían afectar la experiencia. Las primeras fases podrían sentirse demasiado básicas para jugadores veteranos de la serie, y aunque las herramientas nuevas dan frescura, podrían restar parte del disfrute sencillo de las mecánicas originales. Además, aún no se ha podido probar exhaustivamente la estabilidad del modo online en todas las plataformas; los modos competitivos online siempre conllevan riesgos de latencia o desequilibrio entre jugadores. Pero considerando lo que se ha mostrado hasta ahora, el título parece cumplir con creces el objetivo de renovar la fórmula sin romperla.
En definitiva, esta entrega se perfila como un regreso divertido, colorido y con ganas de expandir lo que significa rodar un katamari en nuevos escenarios históricos, con mecánicas frescas y personalidad intacta. A los fans de la saga les ofrece motivos para entusiasmarse, y para quienes no conozcan la serie es una puerta de entrada accesible y simpática a un universo propio y encantador. El éxito de la misión —recuperar las estrellas y rodar por el tiempo— parece estar asegurado.